jueves, 3 de junio de 2021

Nadie sabe

 

Nadie sabe

Grandes llamas


El gato fue la primera víctima. Después sucedió todo tan rápido que nadie pudo precisar (de haber podido hacerlo) qué ocurrió, a quién le ocurrió y dónde ocurrió. Solamente, se supo que todos los que estaban próximo al punto de explosión fue víctima, de alguna manera, del aciago suceso acaecido aquel día.

Recuerdo aún el gato. Estaba sentado en el alféizar de la ventana, lamiendo su pata izquierda. Los lengüetazos que le daba a la pata le hacían ver como un ser despreocupado, a quién no le importaba nada. Después, el destello, el ruido y el gato cayó en el césped donde quedó inmóvil para no pararse jamás.

Le siguieron los pájaros del árbol próximo a la casa, el perro del vecino, los pollos de la anciana de enfrente. Ya no recuerdo bien, pero alguien dijo que había un burro entre las víctimas. Yo pregunté de quién era, pero nadie me respondió. Quizás estaban conmocionados por el extraño suceso, como para responder a un niño de diez años.

En horas de la tarde, con el sol calentando los tejados del empobrecido poblado, la procesión de vecinos recordó los días de huelgas del pueblo. Pero, esta vez no había reclamo. Solo un largo silencio que era roto por algún largo suspiro de la hija de la vecina de la otra calle.

Nadie quería hablar. Todos marchaban en absoluto silencio, en una larga hilera de las trescientas personas que habitábamos ahí. Todos buscaban una respuesta al insólito hecho acontecido la mañana de ese día en un pueblo pequeño y olvidado.

Fue caluroso, tedioso y cansón, llegar al centro del pueblo porque las casas están alejadas aún estando en la misma calle.

Ya en la plaza, los vecinos interrogaron a las autoridades. Cada uno de ellos dio la respuesta acostumbrada a su profesión y cargo: el ministro religioso arengó a las masas diciendo que era un castigo de Dios por los pecados cometidos. El jefe de policía expresó su preocupación, por entender que alguien estuviera utilizando algún tipo de arma biológica y que urgía encontrar al terrorista. El médico del pueblo, escéptico, como siempre, dijo que había que vacunar a toda la población por si un “virus” peligroso para los humanos había llegado al pueblo. El dueño del mercado y de todos los comercios (tres tiendas en total) arguyó que los animales perecieron de hambre porque sus dueños no iban a comprarle la comida que les correspondía y le daban cualquier cosa.

El político representante del partido de gobierno ante el pueblo acusó al partido opositor de que estaba creando una situación de alarma, pánico e “incertidumbre” entre los vecinos.

Al pasar las horas, todo el que se creía con voz y voto para expresar su opinión, la externó. Pero no se llegó a ninguna conclusión.

Cansados, se fueron alejando uno a uno de la plaza. Se fueron a sus hogares más preocupados que cuando llegaron a la reunión. Al siguiente día vieron horrorizados que todo lo verde (árboles, hierbas) había amanecido de color naranja.

Otra vez la procesión, otra vez la reunión, otra vez los mismos argumentos y ninguna solución. Al tercer día, casi nadie se atrevía a abrir la puerta de su casa, ni salir a la calle. En la mente de todos bailaba una sola pregunta: ¿y ahora qué? Trataron de conversar por teléfono o celular, pero ni había señal para conversar por las redes sociales ni electricidad. Entonces, sí que asustaron todos. ¿Qué pasaba en el pueblo? O ¿era solo ahí que sucedía eso? ¿Estaba así todo el país?

A mediodía, ya nadie soportaba estar encerrado sin saber qué pasaba. Casi al unísono salieron otra vez en la procesión de siempre: otra vez el silencio y otra vez el pánico colectivo. Si los adultos estaban aterrados, qué mal lo pasábamos los dos únicos niños del pueblo: la niña de la vecina y yo. Al verla llorar tuve que consolarla porque ¿quién tomaba en cuenta a dos niños en una situación como esa?

Al llegar, de nuevo a la plaza, vieron un desfile de vehículos negros que hacían su entrada triunfal. Todos los carros con vidrios ahumados y placa oficial. De ellos salieron unos hombres vestidos con trajes especiales. Esos que se usan en zonas contaminadas con algún tipo de agente químico, virus o radiación. De sus maletines empezaron a extraer agujas, jeringas y artilugios de uso médico. Tomaron muestras de sangre, saliva y orina de todos los presentes.

Nadie habló. No se explicó nada. Después de dos horas angustiantes llegaron unos autobuses, donde nos introdujeron a todos nos habían revisado y el líder del equipo preguntó su faltaba alguien de los habitantes del pueblo. Como no faltaba nadie, levantó el brazo y dio la señal de partir a los conductores de los autobuses que también tenían el mismo atuendo. Además, nadie de los asustados vecinos pudo verles el rostro a esas personas porque la máscara antigas le impedía definir a quién tenía delante. No se sabía sexo, edad, color ni intención. Por eso antes de que se movilizara el último autobús, me lancé por la ventana. Nadie se atrevió a delatarme. Todavía me pregunto por qué.

Dos décadas después se supo (de forma no oficial) que cierto personaje del gobierno de turno de esa época había aceptado de un ministro de un país muy poderoso probar un agente altamente tóxico y que le garantizaba a él y al gobierno del país unas ganancias cuantiosas.

Todo fue un misterio porque nadie sabe quién fue ese personaje, ni porqué los científicos (que se atrevieron a hablar después) no entendían cómo las personas sobrevivieron semanas luego de haber sido expuestos a algo tan letal. Claro, nadie comentó eso en ningún medio impreso o digital ¿A quién le importaba un pueblo de trescientos campesinos perdidos? ¿A quién le importaba que arrasaron con fuego la zona? Pero las preguntas más importantes fueron ¿Quién denunció ese hecho? ¿Cómo lo supo? ¿Por qué fue denunciado veinte años después?

-Alguien tenía que denunciarlos… y ya que me estoy yendo… tuve la oportunidad…



Autor: Anónimo 



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