domingo, 27 de noviembre de 2022

Distancia

 Distancia

distancia


Al principio

mi mano tocaba tu mano.

Todo parecía estar bien.

Pero...

Tu mano se alejó de mi mano.

Tenía que alargar el brazo

para tocarte.


La distancia creció

como hierba en el verano.

Mi mano y mi brazo...

Se extendían para tocarte.

Esa distancia se acrecentó

con los años...

Nada parecía igual.


Tenía que dar dos pasos

para llegar a tu mano. Luego...

Mi mano ya no te alcanzaba.


Siempre era yo

la de los dos, tres o más pasos...

Y mi brazo... y mi mano... y yo...

empezamos a cansarnos...


La distancia crecía.

Crecía como un monstruo

que arropó los rascacielos.

Ya no habían pasos...

Ahora la distancia era el agua.


Estabas en una isla.

Mi mano no te alcanzaría...

Esa agua que te rodea... aumenta.

Nunca me ha gustado el agua.

¡No sé nadar!


Después,

cuando el agua sea aún más profunda

y veas que yo no te alcanzo,

tal vez quieras tender un puente

que me permita encontrarte.


Si no lo haces

debes recordar que:

siempre fui yo la que di

un paso al frente

para acercarme, para tocarte...


Ya no.

No sé nadar.

Estoy cansada.

¡Y casi veo un tsunami!



Autora: La primera ARA

domingo, 20 de noviembre de 2022

El traje de Adán

El traje de Adán


Un hombre fue sorprendido por la inesperada llegada del esposo de su amante. El esposo furioso había sido advertido por algunos vecinos que aseguraban que su esposa le era infiel. Así alertado, dejó su trabajo nocturno con una excusa creíble y se presentó en su hogar en una hora en la cual su esposa nunca sospecharía que él podía estar de regreso.

El tipo que escuchó el sonido de la puerta, saltó y aterrorizado no sabía dónde ocultarse. Pensó en buscar su ropa, pero su vida valía más que la vergüenza ¿A caso tenía?

Salió por la ventana. Ahí es dónde recuerda que estaba en el 5to piso de aquel edificio. Como pudo, logró poner sus descalzos y temblorosos pies en el alfeizar de otra ventana, que por suerte para él estaba abierta.

De noche y con calor, por eso estaba abierta ¿verdad? Pensó con alivio. Sin mirar hacia abajo los cuatro pisos restantes, ni prestar atención al estridente sonido de la música, penetra en el departamento desconocido.

¡Menuda sorpresa! Se halló de pronto rodeado de personas que vestidas de distintos disfraces bailaban, bebían y charlaban a gritos.

El silencio que produjo su llegada (inclusive apagaron la música) dejó boquiabierto al tipo. Solo atinó a decir: -yo, este... ¡Vine con traje de Adán!



Autor: Anónimo 

lunes, 14 de noviembre de 2022

Legado

Legado


Cuando estés esperando en el andén de la vida y sepas que en cualquier momento el tren, que inexorablemente esperas, llegará... quieres decir tantas cosas a las personas que te importan...

Por ejemplo:

Una cascada luminosa quisiera que el trayecto de su vida fuera en esta relidad; pero a veces, los caminos se entrecruzan con sendas inexploradas por ellos.

Por eso, dejarle algunas sugerencias, podrían quizás, ser su guía:

"No luchen contra lo que no pueden cambiar",

"Recuerden que ser FELIZ es la meta",

"La Felicidad es un rato y a veces se te escurre de los dedos"...


Alguien dijo que la Felicidad es una mariposa:

Si la aprietas se muere...

Si la aflojas se va ¿¡!?


Pero aún así 

No te esfuerces por querer ser millonario, poderoso o famoso...

Esos son solo efímeros destellos de vanidad y para lograr esa trilogía debes caer en el vacío que da el dinero, el poder y la fama.


Recuerda que:

Los mejores momentos de la vida son efímeros y nada costosos...


Para un lector: un buen libro.

Para unos padres: la risa de sus hijos.

Para un ambientalista: un río caudaloso y límpido.

Para un soñador: un mundo utópico (aunque solo exista en su mente).

Para algunos: simplemente ayudar a otros.

Para unos cuantos: disfrutar una buena charla con amigos o parientes.


En fin... la felicidad reside ahí:

dentro de cada quién.

Enumerar la de cada quién llevaría mucho tiempo (y nunca se terminará).

Por eso: escudriña en su interior y busque su felicidad. Pero, recuerde: la felicidad es simple.


Aquellos que se afanan con la riqueza, la fama, el poder, la juventud eterna, la lujuria permanente, y un largo etcétera no podrían ser felices ya que, siempre querrán más. Quizás, tal vez, tienen un gran vacío que no se llena con la materialidad de sus "momentos de gloria".


Insistentemente, recuerde:

La felicidad es leve, simple, inmaterial... y está en sentirse plenamente conectado con la naturaleza suya y la del planeta que lo acoge...



Autor: Anónimo 

lunes, 7 de noviembre de 2022

Rueca

Rueca


Pedaleas en tu máquina de coser: el calor, el repugnante olor a tela. Aborreces la monotonía tanto como a tu vida; tu rostro lo dice cuando abres la puerta y encuentras de frente la realidad: tu vieja modelo Singer descolorida por el paso del tiempo, ruidosa y de pedales rústicos, semi arropada por retazos de tela de trabajos atrasados que nunca terminarás. «Te gustará» decía papá. ¡Si supieras hacer otra cosa! Sabes que a pocos les gusta remendar trapos, aunque llevas un pantalón lleno de cicatrices, y esa camisa, en el barrio te conocen por ella. Tu camisa de rosas, rojas como la sangre, enmarcada en blanco hueso. Tiene tres años esa camisa, Raúl; Confeccionada el mismo día que desapareció papá, con los conos de hilo que encontraste al lado de la rueca que por tantos años se ha guardado como recuerdo dentro del taller, y que el paso del tiempo le ha despojado incluso su valor de reliquia.

Raúl, por lo menos tienes clientela:

IGLESIA REFUGIO DEL CORAZÓN INC. Esas señoronas con vestidos pentecostales que a veces vienen y te predican del adulterio, del infierno, que Sodoma, que Gomorra y luego como mandato divino, te piden rebaja. Te enojas, pero, qué podrás hacer con las siervas que no entienden el trabajo que implica armar esas batolas rosadas. Te distraes mirando los trajes de novio, no cabes, aunque le anexes tela. Te habría quedado preciosa la camisa morado fucsia. Combina con tu piel. Usarías un sombrero clásico para tapar la calva y un bastón con estilo para disimular que arrastras el pie izquierdo.

Absorbes el olor a tela. Y se torna densa como algodón húmedo.

Nada te divierte, ni observar al vecino mientras su compañero gime. Te excitabas, corrías al otro lado de la calle (a casa), fue como tu esposa quedó embarazada y llegó José. Sigue tus pasos, aunque no quieras, como papá, el abuelo, bisabuelo… sí, todos sastres que desaparecieron como si la tierra se los tragara. Sin dejar más rastro que varios conos de hilo.

Dices que los abuelos al igual que papá se cansaron de la sastrería y sus esposas. Todos saben que no es tu caso, desde que ella vociferó que eras poco hombre «¡Buen maricón!», en fin, Raúl, evades alegando estrés.

¿Te marcharías? ¿Dejarías el taller a José? ¿Cuándo saldrás a comprar el hilo tradicional? Lo piensas. Pedaleas combatiendo el olor con el cigarro que acabas de encender.

Tomas la máquina, la observas, te pinchas, das tumbos en la ropa mutilada, sangras, un escalofrío te recorre el cuerpo. Maldices, cierras y te vas a casa.

Algo sobresale de tu abdomen. Como hilo, te asustas. Puede verse el miedo adherido a la piel. Te ves al espejo. Esa pequeñez pasará, piensas. ¿Qué daño podría causarte un hilo? Vuelve a tu cotidianidad, peléale a tu esposa por condimentar de más la cena, pero no le pegues al niño por jugar con pedazos de tela, él quiere ser como tú. Vete a dormir, deja tu esposa recogiendo los platos del suelo, cuando suba ya estarás dormido y no te fastidiará con el asunto del sexo.

El hilo se expande, ganando nervios, cada articulación. Te vuelves de tela Raúl. No sabes reaccionar a esta metástasis diabólica. Todo huele a trapo. Te causa asombro abrir un pequeño espacio en lo que debió ser tu vientre. Tus intestinos son de hilo. Esto no es algo de otro mundo, Raúl. Los hombres alguna vez fueron de barro; hoy son de carne y hueso, una carne y unos huesos que algún día volverán a ser barro. Tu esposa lo entenderá. No te escondas, que no importe lo que piensen los vecinos o las siervas. Sólo imagina, un día a todos de tela caminando bajo un sol afelpado, o sus hijos jugando sin discriminación alguna en un aguacero de corduroy. Sé quién en verdad eres Raúl. Un hombre de hilo.

Te confundes, desnudo en la pila de ropa. Intentas llorar, pero tus cuencas ya no tienen lágrimas. Escuchas los gemidos del vecino como trenzado en una voz tenue y pasiva. El barrio está sin luz como acostumbra. En tu casa se acostaron, no te esperan. Te conocen, debes estar borracho en cualquier acera del malecón. No es así, hoy es diferente.

Imagínate Raúl, mirar un mar de seda azul vapulearse, haciendo espumas de algodón. Un leder, succionando tu miembro acolchonado en un callejón de la Duarte. Giras la máquina. ¿No piensas en José? Los vecinos sacarán conclusiones, pero, qué dirán de un hombre de hilo, que se descose al ritmo de un girar, sin preguntarse si hay más hombres como él, resignados a lo que son, aferrándose a la vida. Tu cuerpo está en los conos emanando su último olor a hierro y trapos para adoptar por completo su figura de hilo. Tu corazón se deshilacha, abres la boca y lanzas suspiros de tela. Lo cuentas. Buscas el último. Los de carne y hueso también lo hacen cuando caen de un puente o cuelgan, o agonizan en un charco de sangre ¿Crees ser diferente, porque eres de hilo? No, Raúl. Una rueca te diferencia.

Se terminó tu existir. Los conos están llenos. En espera. Algún día alguien lo encontrará y se hará una camisa de rosas, rojas como la sangre, enmarcada en blanco hueso, y tal vez, algún día, también será de hilo.


Autor:  Sauri

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