sábado, 29 de octubre de 2022

Lengüeas oh, sentidos (parte 2)

Lengüeas oh, sentidos 



El mar se recoge y la masa de agua se convierte en una muralla azul. La cresta de la ola es espumosa y tapa un tercio de la redondez del sol. No hay nubes; solo está la muralla azul, el pedazo restante de sol y el firmamento que también es azul, pero más claro. Marina busca el nadador por todos lados hasta percibir su silueta. Parece un puntico negro descendiendo verticalmente perfecto desde la cresta de la muralla. Nataguea cabeza abajo, y más que un nadador, parece un paracaidista momento antes de abrir el paracaídas. El nadador bracea fuerte contra la corriente que lo empuja hacia la cresta. El nadador llega a la falda de la ola y lanza su primera braceada satisfactoria. Su mano izquierda topeta el fondo y siente que algún animal marino le pica el dedo índice. El nadador se pone de pie sobre la superficie húmeda que anteriormente era fondo marino. Se mira el dedo; tiene una jeringa oxidada de 3cc clavada entre la carne y la uña. El nadador siente el escalofrió que le recorre el cuerpo y se apresura a sacar la jeringa y mamarse el dedo: dentro de su boca la yema del índice se engorda y se hace morado para luego de tres succiones lanzar un escupitajo de sangre que es fielmente limpiado por su lengua. Se propone caminar hasta la orilla, aunque no le gusta caminar. Cuando lanza su primer paso, su pie derecho descansa sobre un abrecartas que ha estado todo este tiempo erecto en el fondo marino. El abrecartas entró con silencio de mantequilla desde la planta del pie hasta salir por el otro lado. El nadador se sienta y se saca el abre carta del pie. Decide fijarse bien donde pisa antes de continuar caminando: Una bacinilla de metal, un tanque de gas, la cuarta parte de un poste de luz, el chasis de un Toyota del 98, una yanta de bicicleta, un tinaco, cuatro potes de mantequilla de maní amarrados y llenos de piedra, varios huesos humanos, un cigarrillo a la mitad y aun humeante, centenares de pañales apelotados número tres, la tapa frontal de un abanico universal, una televisión a blanco y negro, la mitad de un ajedrez, un piano Yamaha, cientos de celulares, decenas de bloques envueltos en sogas y alambre dulce, una rata buscando cangrejitos, cangrejitos escondidos en latas de habichuelas vacías, un zapato izquierdo, perchas de madera, cascos de botella de cervezas perimetrando la llegada de un pie plano, una mesa roja de escritorio, una caja de inversor, un maniquí femenino sin piernas ni brazos, un cono de tránsito, una plancha de zinc, cuatro tallos frescos de fresa, entre otras cosas. El nadador toma los tallos de fresa y se los come para quitarse el sabor a hierro de la boca. Camina hasta el cigarrillo más humeante y le da tres caladas rápidas para volverlo a la vida. Cuando termina, vuelve a sentarse, porque sabe que no llegará en una pieza a la orilla.


El novio de Marina regresa con un tarro de helado de tres sabores: dulce de leche, chocolate y ron pasa, en ese mismo orden. Marina le tritura las fresas que quedan al tarro con el helado y se dispone a disfrutarlo. El helado se cae al suelo y el poeta vuelve a mirar el mar. Los perros se acercan a ellos como si lo conocieran de toda la vida y lamen el helado. Entre los perros, hay uno marrón con negro que le encanta el chocolate, es el único que se esmera en lamer el chocolate que empieza a derretirse y parece querer escapar del suelo caliente y mezclarse con el mar. Cuando ya solo queda la mancha en el suelo y las fresas trituradas, los perros se marchan moviendo las colas y felices. Menos el perro marrón que empieza a vomitar en la orilla del mar. Marina trata de hacer sentir mejor al perro y saca sus galletas Gina y se la da a comer: las galletas crepitan en la boca del perro, y el queso ya semilíquido se le escure por la comisura del hocico. El perro marrón saca su legua, se lame la periferia y se va contento. Marina ya no ve al nadador. Pide a su novio que la lleve a su casa, que la tarde está muy caliente. Se ponen de pie, el poeta tira los desperdicios plásticos al agua, y salen caminado y mirando todo rumbo a la casa del poeta. El nadador llega a la orilla; está cansado y mal herido. Se sienta en el banco donde estaba sentada Marina y su novio. Mientras se queja de las heridas, recoge los pedacitos de fresas del suelo y los come.



Autor:  Sauri

lunes, 24 de octubre de 2022

Lengüeas oh, sentidos (parte 1)

Lengüeas oh, sentidos 




Marina está tarde para su cita. Tiene la frente sudada y los ojos locos buscando el lugar donde debe estar sentado su novio. El sol de la tarde pica con la misma intensidad del mediodía y despliega su amarillentez por todo el lugar. Mira el mar que está tranquilo. Al final del horizonte se dibuja una línea entre el azul del mar y el azul del cielo; y en medio, la redondez del sol tiranizando los matices. Piensa que solo faltaría un velero blanco y un niño orgulloso. A menudo se reúnen en parques o lugares de comida, pero nunca en el malecón. Su novio no lo sabe; a ella le aterra la playa porque le hace pensar en tsunamis. En su hombro derecho lleva su bolso de compra repleto de cosas que considera que necesitará en el día: una botella plástica con un litro de agua, tres paquetes de galletas Gina, un envase plástico repleto de fresas, un paquete de toallas húmedas, una copa menstrual morada, una cajetilla de cigarrillos, una barra de chocolate, su cargador tipo C, una cartera Gucci de paca y roída por el tiempo. Una goma extra para el pelo, una colonia de granada, su desodorante natural, el jabón de avena que nunca usa, el poemario recién publicado de su novio y Rayuela; este último exigido por su novio para leerle su capítulo favorito frente al mar. 

Marina busca entre el gentío y el bullicio de los perros alguna referencia que la lleve a su novio: Una camisa más grande que él y calurosa, un lugar que parezca una cueva, que, aunque esté rodeado de personas se sienta solo, o el lugar más cursi del malecón; aunque sabe que el malecón es un lugar uniformemente cursi. Se rinde y saca su Oppo Reno 6 Pro y marca buscando el sonido peculiar de un Alcatel OT S-121. Su novio está sentando en un banco de madera debajo de una mata de coco. Ella lo encuentra antes que tome la llamada, cuelga y se dirige hacia él mientras contempla lo triste que se ve mirando el mar que está muy tranquilo. Ella siente que su novio se le escapa por la mirada y se pierde en la planicie azul. Se sienta, con ambas manos le sujeta el rostro y lo besa en la boca. Marina no puede evitar pensar en sus labios quemados de tanto fumar y los labios rosaditos de bebé de su novio el poeta. Ella le muerde el labio inferior mientras se retira, él no se inmuta y vuelve a mirar el mar.


— ¿Qué piensa mi Cuchicuchi?

— ¡Na! En lo coco de la mata, y en ese hombre que se ve allá.

Marina agudiza la vista para encontrar el hombre nadando, pero no ve nada. Saca un cigarrillo de su bolsa y un encendedor rojo de su bolsillo, y mira hacia arriba mientras lo enciende. La mata de coco está repleta de cocos.

—¿Tú te imagina Cuchicuchi que nos caiga un coco en la cabeza?

—Mejor—. responde el novio, tosiendo por el humo de Marina.

Marina respira profundo y camina unos cuantos pasos para ver si encuentra el nadador. Mientras se imagina una masa de musculo golpeando el agua y sacando la cabeza de vez en cuando para respirar. El hombre que ella se imagina no nada, nalguea el mar con frenesí de viagra. Da una calada al cigarrillo y lo tira al agua. El cigarrillo cae al mar y al mismo tiempo lanza ese gritico que dan los tizones cuando topetan con agua.

—Toma Cuchicuchi léeme lo que tú me querías leer.

—Toco tu boca…

— ¡Ay, ya lo vi, ya lo vi! El hombre nadando.

Marina ve una silueta a lo lejos nalgueando la masa de agua. Su novio continúa leyendo y ella saca el plato de fresas. A la distancia escucha el jadeo del nadador, y piensa en lo salado que estará su saliva. El nadador debería estar más cerca, pero, aunque nada en dirección a ella, parece que nunca llegará. Marina vuelve la vista del mar hacia los cocos y después a su novio. Quisiera decirle algo bonito, interrumpirle la lectura con un beso y esperar otra respuesta menos predecible, o menos de poeta. No se le ocurre nada que despierte a su novio, lo único que los une, es que él es lindo, y ella cree tener cara de caballo.

Marina saca otro cigarrillo, y su novio interrumpe la lectura para largarle una sentencia con la mirada. Ella guarda el cigarrillo y en su lugar agarra una fresa por el tallo y busca el hombre que nada. Marina muerde la fresa a la mitad. El jugo de la fresa se chorrea por la comisura de su boca, su lengua se desencueva y no deja ir lejos el jugo de la fresa; en su recorrido ovalado recoge los grumos esparcidos por sus labios morados. En sus manos le queda el tallo un poco carnoso. Se para, ahora para tirar los restos al mar y hacerlo dulce para el nadador. Aprovecha que está retirada de su novio y saca el cigarrillo que ya había condenado. Lo enciende y se lo fuma de tres caladas.

— Ay, Cuchicuchi, el mar ta muy tranquilo, me da miedo que se meta.

— Mejor.

— ¿Cómo que mejor; y si yo me muero?

— Antes que te mate una ola te van a matar los cigarrillos.

Marina hace silencio. Prefiere mirar la orilla para calcular la posibilidad de un tsunami. Después de un minuto mirando fijo se da cuenta que el mar retrocede, que el nadador no llega porque está luchando con el retroceso del agua, pero que, ya terminado el proceso, el agua volverá con toda la fuerza del mar y le arrojará el nadador en la cara.

—¡Cuchicuchi ven a ve, ven a ve!

—Marina, ven a sentarte.

Marina fue y se sentó. Sacó de su bolsa el paquete de toallas húmeda y se dispuso a limpiarse el rostro. La primera toalla queda negra, la segunda turbiosa, pero su rostro está fresco. Lanza las toallas usadas con toda su fuerza para que caigan al mar y así medir según se alejen que tan rápido se retira la masa de agua. Busca la silueta del nadador y después el precioso rostro de su novio. Saca una toalla para lustrarlo, pero el poeta dice que no. Ella respira profundo y le pide un beso antes que el mar le caiga arriba. El poeta repite que no, porque hiede demasiado a cigarrillos.

—¡Cuchicuchi cómprame helado!

—Nada más tengo el pasaje Marina.

Marina abre su cartera Gucci y saca una papeleta de doscientos de entre tres papeletas iguales y ve a su novio alejarse mientras ella se queda sola frente al mar.

Continuará...


Autor:  Sauri

sábado, 15 de octubre de 2022

Bitácora

Bitácora




Los ojos de mi padre son el rojo de las seis implorándome ser hombre. El fango de la calle se traga mis pies hasta los tobillos. No recuerdo cuando empezamos a caminar a La Esperanza. «Sé hombre», me dice, al tiempo que la calle muerde mi pie izquierdo quedándose con mi zapato. «¡Sé hombre!», y gira la cabeza como un óvalo mecánico ajustado al cuerpo. En ocasiones olvido cómo era exactamente mi padre, hay días en los que lo recuerdo derrotado, demacrado, como una noche cargada de piedra, sin fuerzas para vivir… pero fue mi padre, y siempre tendrá los mismos ojos. Lo repaso como si ahora estuviera caminando tras él. El barro también es rojo, un rojo sofocante. Mi padre pensaba los pasos sobre la arcilla que parecía abrazarlo, tragárselo, pero era demasiado hombre para sucumbir. Yo quería ser la misma cantidad de hombre que él, y caminar sin pensar en el lodo pesado, que nos perseguía en masa, queriendo escalar en busca de los ojos de mi padre.

Cuando mi madre vino a La Esperanza, mi padre ahorró sus palabras como si esperara el momento justo para desahogarse. Solo hablábamos lo necesario, lo demás lo entendía con la mirada. Era como si la persona que en algún momento conocí se gastara con el tiempo, apagándose con cada esfuerzo. Muchas veces sentí que era mi culpa, que yo era quien estaba destruyéndolo, pero no sabía qué hacer, aun no entendía cómo funcionaba un hombre, aunque estuviera tan cerca de serlo. Tiempo después supe que todo era culpa de mi madre. —Abre la puerta Manuel. — dice, mientras mira al final de la calle. La bisagra gruñe en descenso mientras se deja llevar por el viento de la lluvia. — Esta vaina envuelve Manuel, te atrapa. Nunca intentes ir al final de la esperanza, Manuel. — Tres pasos y busco las cosas a tientas, no es que quiera encontrar algo, pero la oscuridad es tan fuerte que se siente próxima y palpable. —Mamá no está aquí. Le digo a mi padre mientras continúo buscando donde sujetarme. De haber estado ahí, su olor a mentol ya nos habría recibido. Tolero un poco de mentol en los pies. No sé cuánto más podré caminar, y más ahora que he perdido mi zapato izquierdo.

Un golpe de sol entra por la ventana. Sus tentáculos tropiezan hasta caer sobre mi padre. Sigue inmutable. Desde la ventana puedo ver hileras de casas de maderas, pintadas de verde y amarillo, desgastadas, corroídas por los insectos y el tiempo, nunca habitadas, solas como los pensamientos de mi padre. La briza levanta el polvo de La Esperanza: empuja a un anciano: va taconeando su único zapato, su otro pie descalzo deja la huella de un animal que repta sobre el polvo rojizo. No mira a los lados como si ya tuviera grabada la melancolía del lugar y no tiene que usar los ojos para nada más. Lleva prisa. Todo está reseco, parece que nunca llovió. Si no fuera porque recuerdo la noche de ayer diría que nunca llovió. Todas las casas son iguales y están muertas. Al frente nuestro hay una casa, que más bien parece un espejo de la nuestra. En la ventana hay un hombre que se rasca el ojo derecho y se ríe, o llora. Se rasca con dos de sus dedos largos y flacos. Empieza a lagrimear y para, se mueve de la ventana y no aparece más. Eso creía, que no aparecería más. Lo hace todas las mañanas. Digo todas las mañanas como si llevara años aquí. Hace veinte años llegué a este lugar, lo recuerdo como si fuera ayer: entramos a la casa vacía, oscura y fría. Improvisamos una cama con la ropa de mi padre, y vi cómo se acostó y me dio la espalda. Yo me quedé sentado mirando su espalda. Mi padre está al final de la calle. Se fue. No hoy. Ayer. Se fue en busca de mi madre. No sé cuánto tiempo llevo sentado solo. No vendrán. Hay días en los que el viento del final de la calle huele a muertos antiguos.



El sol empezó a caer otra vez y mi padre no se levantó en todo el día, estoy agotado de ver al vecino frotarse el ojo. Las casas son todas iguales. ¿Ya había dicho que las casas son amarillo y verde como la esperanza? —Es hora de ser hombre. — dice mi padre de espalda. Puse mi cara ruda y entrecerré los ojos. — Es hora de ser hombre, Manuel. — repite por segunda vez. Ahora más que un mandato lo implora. Se pone de pie y me sujeta la sien como si quisiera pasarme sus ojos rojos. Su dedo pulgar me recorre la frente en círculo y desciende hasta llegarme a la niña; su pulgares maderamen de ponzoñas. Yo no parpadeé o grité. Nunca quité mi cara ruda mientras introducía su dedo pulgar con toda la presión del mundo sobre mi cuenca del ojo derecho. Me fui acostar cuando escuché el sonido de gotera que hizo mi ojo. Mi padre me pasó su ojo rojo. Marché a la cama taconeando el único zapato que llevaba; no sin antes ver a mi padre acostarse y darme la espalda otra vez. Esa noche mi padre se fue al final de la calle. Se fue dejándome el rojo, lo único que aún recuerdo de él. El sol me despertó más temprano de lo común. El vecino está en la ventana con sus dedos negros y largos. Se frotó el ojo con furia hasta lanzar un hilito de lágrima a la calle. Se frotó la cuenca con tanta furia, que se transformó en una sonrisa vertical, lo recuerdo; salió a la calle, miró la humedad de sus lágrimas, sonrió y se fue al final de la calle.

Cuando decidí caminar al final de La Esperanza el sol aún se ocultaba. Tres pasos. Miré al final de la calle. La Esperanza no tiene fondo.

Me quedé solo en La Esperanza. Aquí nadie viene. El sol se oculta. Sale el sol: siempre es el mismo día. Nunca dije si había árboles en La Esperanza; en realidad, no recuerdo. Siento que llegué en la noche. Quizás fue ayer que empecé a caminar hasta el final. No sé por qué camino, pero ayer llovía, lo recuerdo como si fuera ayer. Pero mi ojo no ardía. Voy tras mi padre al final de la calle.


Autor:  Sauri

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Enredado   Estoy enredado en los diminutos e innumerables hilos de mis pensamientos. Nublado por la lamentable idea de recuperar lo perdido...