Memorias de un cadáver
El esqueleto estaba ahí,
tirado.
La brisa del olvido lo
removió
y por un instante pudo
pensarse
que aún estaba con
vida.
Nada.
Seguía igual. Seguía
muerto.
sus relucientes huesos
expuestos al sol
mostraban lo que alguna
vez tuvo vida:
fue hermoso, saludable…
Fue un sueño utópico
donde miles de dragones perecieron
bajo la diestra mano
que manejó la espada.
Sí, destruyó dragones y
rescató doncellas;
pero ahora, sólo era un
esqueleto.
Una osamenta perdida en
el polvoriento camino del olvido.
Olvidada como los demás
que han muerto;
se fueron al mundo de
la sin razón y lo sin sentido. En vano fue el esfuerzo para permanecer con
vida, el tedio lo mató.
Lo mató la
incertidumbre cotidiana
De no saber o de saber
todo.
Ahora, frente a la
osamenta,
Descubro quién dio el
jaque…
Pero ya es muy tarde…
El cadáver desapareció;
los huesos permanecen,
pero en la intemperie
se convertirán
en lo que todo acaba:
en polvo…
en cenizas… que batidas
por el viento
serán dispersadas por
el infinito…
y tal vez, algún día,
alguien pronuncie
su nombre y lo
recuerde…

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