miércoles, 28 de junio de 2023

Monumento a la hipocresía (solo después)

 Monumento a la hipocresía (solo después)


Después que enviaron a todos los jóvenes a luchar en una estúpida guerra; después que pereció hasta el último hombre en pie; después de tantos llantos, quejas y arrepentimientos, fue que la "Federación de Ancianos" sintió "remordimiento" por no tener a jóvenes entre sus habitantes; después de ver tantas viudas y huérfanos; después de escuchar miles de voces que clamaban venganza... Solo entonces, se les ocurrió que si se construía en el centro de la Gran Plaza un costoso monumento en "honor a los caídos en combate" se aliviarían las penas y pesadumbres.

Ahí, todos ellos, religiosamente, depositaban flores, encendían velas, obsequiaban chucherías y oraban "por su sacrificio a la patria".

Después que se sometió a ejercicios, cirugías, entretenimientos y un largo etcétera (mejor ni decirlo); después que prácticamente dejó a su familia, se alejó de amigos y personas cercanas... Después que se esforzó en el "escenario" divirtiendo a un público ensordecido... Después de los vítores de la muchedumbre que le aclamaban... Aquellas personas envidiosas, le atacaron, le burlaron y crearon situaciones falsas comprometedoras y le humillaron. Después, cuando se "suicidó", solo entonces... La compañía, los fans, los familiares, el público en general, en especial la muchedumbre reunida, se lamentaba por su deceso y fue cuando admiraron "su grandeza", "su espíritu libre", su innegable "belleza" o lo que fuera que le importaba al "gran público"... Solo después homenajeaban a la estrella caída... Las flores, los recuerdos, las fotos, los vídeos, las velas encendidas (otra vez) un mil etcétera, les permitió vivir en paz... Después de haberle hecho caer...

¡Cuántos hipócritas hay reunidos en una muchedumbre!

¡¡Cuántos hipócritas quiere que caigas para después fingir que te amaban!!



Autora: La primera ARA

jueves, 15 de junio de 2023

La mujer de azul

 La mujer de azul




Llegó despacio y se sentó en la silla que estaba frente a mí. No hice mucho caso al principio. Después, con el aburrimiento que causa la espera en una consulta miré el reloj; no había pasado ni veinte minutos y yo estaba irritándome. Seguí con un bostezo, que intenté ocultar con mi mano, y entonces… La vi. Ella me miraba fijamente, por lo visto, no pude ocultar mi bostezo ante ella. Disimulando, miré hacia otro lado.

Después de casi una hora de tediosa espera y un largo aburrimiento, volví a mirarla. Me pareció la persona más extraña que había visto en mi vida. No porque fuera una mujer rara, o por su vestuario extraño. No. Era  esa vaga y difusa aura que la rodeaba y no permitía indagar o presuponer algo concreto acerca de ella.

Estaba vestida de azul. Toda de azul…blusa de mangas largas, con puño y cuello rizado; era como una segunda piel. Su falda larga y estrecha, con aberturas a los lados, era un tono más bajo que la blusa. Su bolso y sus zapatos de tacones altos… ¡Eran  azules! Miré  sus accesorios: pulseras de tonos azules variados, con aretes a juego; el collar que rodeaba su cuello, cubierto con los rizos de la blusa, tenía  el mismo diseño del broche que adornaba el lado izquierdo de su pecho y tenían los mismos tonos de azules de su atuendo.

Cuando me miró de nuevo, me sentí descubierto. Ella sabía que tenía rato observándola… casi escudriñando su persona. Bajé la vista. No puedo explicar que me produjo esa extraña sensación; sentía un vago sentimiento de incertidumbre y un temor a lo desconocido… así que me dediqué a ver mis manos y me entretuve con mis uñas. Cierto. ¡No había visto sus manos!

Seguía el silencio en la odiosa y aburrida sala de espera. Miré el reloj: dos horas. Levanté la vista y la miré de nuevo. Ella estaba absorta en la lectura de un libro. ¿Cuándo sacó el libro? No recuerdo haberlo visto antes. Entonces, miré sus maños: largas y delgadas con dedos igualmente delgados, uñas larguísimas y filosas… ¡Pintadas de azul!

Me sentí observado. Me encontré cara a cara con ella. Me puse muy nervioso; me revolví en mi asiento, miré el reloj (por enésima vez)… en fin, estaba seguro que había descubierto mi actitud; curiosidad malsana o lo que fuera que me tenía en esa agobiante situación. Su rostro era alargado; su pelo extrañamente largo y lacio, con reflejos azulados (de tan negros). Sus ojos grandes, oscuros y almendrados,  me seguían mirando atentamente con una mirada tan fija que casi no se le veía pestañar.  Pero, no me habló. Volvió a su lectura. Miré el reloj (tenía la manía hoy, quizás por miedo), nada.  Casi tres horas en la consulta… ¿los demás estaban tan aburridos como yo? No. La mayoría estaban viendo videítos en sus móviles. Algunos, hablaban en voz baja por sus celulares. Solo ella leía y yo… Yo no hacía nada… Solo verla. Me tenía fascinado y aterrado. No sé por qué. ¿Era el atuendo azul? ¿La monocromía? ¿El mutismo de ella? ¿La pregunta implícita que había en la mirada de ella? No sé.

De pronto, llegó una secretaria. La llamó por su nombre, fue casi un susurro, y no lo escuché. Pero, creo que era un nombre exótico, no entendí… Era como asiático. No sé de cuál lengua eran esos fonemas…  El caso es que, ella se levantó de su asiento y dejó el libro sobre la silla. Presuroso, me acerqué y le dije: 

― Disculpe, señora… Dejó su libro.   

Ella se volteó, me miró y el asomo de una sonrisa se dibujó en sus labios, y simplemente se alejó. Miré el libro. ”Azul” de  Rubén Darío. Tomé el libro y miré los consultorios: Endocrinología, Oftalmología (para dónde yo iba) y Psiquiatría: ahí entró ella…



Autor: Anónimo 

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Enredado   Estoy enredado en los diminutos e innumerables hilos de mis pensamientos. Nublado por la lamentable idea de recuperar lo perdido...