La mujer de azul
Llegó despacio y se sentó en la silla que estaba frente a mí. No hice mucho caso al principio. Después, con el aburrimiento que causa la espera en una consulta miré el reloj; no había pasado ni veinte minutos y yo estaba
irritándome. Seguí con un bostezo, que
intenté ocultar con mi mano, y entonces… La vi. Ella me miraba fijamente, por lo visto, no pude ocultar mi bostezo ante ella. Disimulando, miré hacia otro lado.
Después de casi una
hora de tediosa espera y un largo aburrimiento, volví a mirarla. Me pareció la persona más extraña que había
visto en mi vida. No porque fuera una
mujer rara, o por su vestuario extraño. No. Era esa vaga y difusa aura que la rodeaba y no
permitía indagar o presuponer algo concreto acerca de ella.
Estaba vestida de azul. Toda de azul…blusa de mangas
largas, con puño y cuello rizado; era como una segunda piel. Su falda larga y
estrecha, con aberturas a los lados, era
un tono más bajo que la blusa. Su bolso
y sus zapatos de tacones altos… ¡Eran azules! Miré
sus accesorios: pulseras de tonos azules variados, con aretes a juego; el collar que rodeaba su cuello,
cubierto con los rizos de la blusa, tenía
el mismo diseño del broche que adornaba el lado izquierdo de su pecho y
tenían los mismos tonos de azules de su
atuendo.
Cuando me miró de
nuevo, me sentí descubierto. Ella
sabía que tenía rato observándola… casi
escudriñando su persona. Bajé la vista. No puedo explicar que me produjo esa extraña
sensación; sentía un vago sentimiento de
incertidumbre y un temor a lo desconocido… así que me dediqué a ver mis manos y
me entretuve con mis uñas. Cierto. ¡No
había visto sus manos!
Seguía el silencio en la odiosa y aburrida sala de espera.
Miré el reloj: dos horas. Levanté la vista y la miré de nuevo. Ella estaba absorta en la lectura de un
libro. ¿Cuándo sacó el libro? No recuerdo haberlo visto antes. Entonces, miré sus maños: largas y delgadas con dedos igualmente
delgados, uñas larguísimas y filosas…
¡Pintadas de azul!
Me sentí observado. Me encontré cara a cara con ella. Me puse muy nervioso; me revolví en mi asiento, miré el reloj (por enésima vez)… en fin, estaba seguro que había descubierto mi
actitud; curiosidad malsana o lo que fuera que me tenía en esa agobiante
situación. Su rostro era alargado; su pelo extrañamente largo y lacio, con reflejos azulados (de tan
negros). Sus ojos grandes, oscuros y
almendrados, me seguían mirando atentamente con una mirada tan fija que casi no se le
veía pestañar. Pero, no me habló. Volvió a su lectura. Miré el reloj (tenía la manía hoy, quizás por
miedo), nada. Casi tres horas en la
consulta… ¿los demás estaban tan aburridos como yo? No. La
mayoría estaban viendo videítos en sus móviles. Algunos, hablaban en voz baja
por sus celulares. Solo ella leía y
yo… Yo no hacía nada… Solo verla. Me tenía fascinado y
aterrado. No sé por qué. ¿Era el
atuendo azul? ¿La monocromía? ¿El mutismo de ella? ¿La pregunta implícita que había en la mirada de
ella? No sé.
De pronto, llegó una secretaria. La llamó por su nombre, fue casi un susurro, y no lo escuché. Pero, creo que era un nombre exótico, no entendí… Era como asiático. No sé de cuál lengua eran esos fonemas… El caso es que, ella se levantó de su asiento y dejó el libro sobre la silla. Presuroso, me acerqué y le dije:
― Disculpe, señora… Dejó su libro.
Ella se volteó, me miró y el asomo de una sonrisa se dibujó en sus labios, y simplemente se alejó. Miré el libro. ”Azul” de Rubén Darío. Tomé el libro y miré los consultorios: Endocrinología, Oftalmología (para dónde yo iba) y Psiquiatría: ahí entró ella…

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