La finalidad de la vida (ideal)
Los dos tenían muchas cosas en común (pero no eran amigos). Estudiaban la misma carrera, en la misma universidad, eran hombres jóvenes, fuertes, atractivos e inteligentes, incluso tenían la misma edad; pero hasta ahí la similitud. Eran totalmente diferentes: Brúnel era capitaleño, provenía de una familia adinerada. Adián era un chico pobre, estudiante proveniente de provincia, estudiaba con beca.
Durante los años de estudios, Brúnel siempre atacó a Adián: por ser honesto. por sacar notas muy altas (sin chivo), por querer aprender todo lo que la carrera le ofrecía y no irse de “fiestas” con el grupo de amigos de Brúnel. Sabía que no encajaba ahí porque sus valores eran muy distintos. Él no podía fingir amistad, alabar o comprar a los maestros para tener mejores notas; hacer lo mismo con las chicas para tener sexo gratis, sin compromiso. A él no le criaron así. Su crianza fue del siglo XX … pero vivía en el XXI… por todas esas razones no podían ser amigos.
Casi al finalizar la carrera Brúnel lo cuestionó y le dijo que él nunca lograría nada. Su actitud era anticuada, no se ajustaba a los cánones de este nuevo siglo. Los jóvenes actuales bebían hasta caer rendidos, disfrutaban del “poliamor” con ellos o con ellas; fumaban hooka o vaper, gozaban con la estridente y obscena “música” de moda… Pasaban las horas de “estudio” averiguando (pagando) quién le haría tal o cuál tarea si no podía hacerla con la ayuda de la Inteligencia Artificial. Adián le respondió que cada persona tiene una finalidad en la vida. Por eso cada ser en este planeta desempeña un papel, aunque sea muy simple. Se despidieron y un año más tarde, Adián se graduaba sin honor ni méritos, mientras Brúnel era el estudiante de la promoción del año (a pesar de los chivos, las notas compradas, y profesores pagados). Ese fue el principio de todo. Adrián buscó trabajo. Brúnel heredó el cargo de su padre en la empresa de la familia.
Quince años más tarde, se volvieron a encontrar. Adián bajaba de un autobús y Brúnel, que iba en su automóvil último modelo, lo reconoció y quiso jactarse ante él de todos sus grandes logros y cuestionarlo con aquello de “ si su herencia de buenos modales”, le sirvió para vivir en el siglo XXI.
Adián, siempre correcto, estrechó la mano que le ofrecía el CEO, y ni se atrevió a articular palabra. Brúnel, en cambio, empezó a relatarle todo lo que había logrado y a echarle en cara todo lo que le decía a él cuando eran estudiantes universitarios: —Mírame, soy el presidente de la compañía, los empleados me temen. Tengo una casa en el campo con todas las comodidades modernas, un apartamento que vale millones; no tengo ya la otra casa porque se lo dejé a mi primera esposa. La segunda se llevó también mis mejores carros.
Después de una pausa, Brúnel continuó su relato, había cambiado la actitud jactanciosa por una de evidente tristeza. —Mira —continuó.—Uno de mis hijos, a pesar de ser tan joven me hizo perder una fortuna para eliminar “algunas adiciones”. Pero, en fin, son gajes del oficio. Cuando tienes dinero y poder siempre te envidian, te hacen trampas o te fingen ser amigos. Tanto estrés me ha ocasionado hipertensión. Voy al gimnasio semanal o juego golf… Creo que debo hacerme más estudios, porque uno de los médicos piensa que he desarrollado cáncer. Pero, nada, ya ves tengo la intención de que postularme para diputado en las próxima elecciones. Pero, he hablado mucho de mí, cuéntame de ti.
Los dos, sentados en ese pequeño restaurante formaban un raro contraste: Brúnel, antes un hombre hermoso y saludable, ahora se veía avejentado, obeso y con ojeras, como si tuviera muchas noches de insomnio el peso del mundo sobre sus hombros. Adián, apenas tenía unas canas, se notaba saludable y vigoroso.
Tranquilamente le dijo a su excompañero:
—Al principio tuve muchas dificultades para conseguir un empleo. Por suerte como estudié con becas, la institución que la otorgó me gestionó un empleo para que completara las cuotas faltantes. Después de ahí, ingresé en otra universidad para hacer un postgrado; allí conocí a mi esposa. Ella, al igual que yo, provenimos de familias pobres y provincianas. Cuando conseguimos mejores empleos nos casamos. No tuvimos hijos hasta que no conseguimos una casa pequeña en un barrio humilde, pero no peligroso. Nuestros hijos tienen ocho y seis años. No tengo carro porque ella tuvo un accidente cuando regresaba en un motoconcho de llevar a los niños a la escuela. Pagué la cirugía con el dinero de la venta del carro. Hasta ahora tenemos un trabajo no muy remunerado, pero nos gusta estar ahí,ya que mis compañeros de trabajo son como familiares, el jefe es un señor del siglo XX y no hay tanto estrés. Mi esposa y yo encajamos… nos llevamos bien, es mi amada y mi mejor amiga.
—En cuanto a la salud, siempre nos chequeamos porque tenemos niños muy pequeños. Hasta ahora todos estamos saludables. Pero, te acuerdas, Brúnel, cuando te dije que cada quién tiene una finalidad en su vida: la tuya siempre fue el dinero, el placer y el poder, en ese orden. No te culpo porque esa es la finalidad del 99% de la gente del siglo XXI. Mi finalidad siempre fue ser feliz, a pesar de las dificultades… y hasta ahora lo he conseguido con mi esposa, mis hijos porque mi familia es todo para mí. El trabajo que tengo no es importante ni bien remunerado, pero me siento útil. Si le sumo a esto la salud de mi familia y la mía, puedo decir sin ánimo de ofender, ¡que soy rico! La finalidad de todos es ser feliz cada día con lo que has logrado con esfuerzos… todavía estás a tiempo de retomar el control de tu vida y ser feliz… te lo deseo de todo corazón. Adiós, y espero que seas un hombre feliz y sano cuando nos volvamos a ver…
Autora: La primera ARA

