Revuelta en la gran ciudad

La ciudad del este se consolidó como la mayor metrópolis de la región: buena infraestructura, una gran economía, muy segura y un estilo de vida envidiable. Los terrenos a las afueras fueron dedicados a la agricultura y explotación de recursos, de esta forma se volvió autosustentable. Como todo poblado, buscaba expandirse y empezó a incentivar que las villas de los cuatro puntos cardinales se convirtieran en ciudades. Aunque algunos poblados se mostraron a favor, la gran mayoría no quería y se opuso a cualquier relación con ellos. Como la ciudad tenía más oficiales con entrenamiento militar decidieron ir a atacar o amenazar a sus vecinos. Los autodenominados “revoltosos” fueron influidos por la ciudad del oeste consolidando su alianza con la siguiente proclama: “todo el territorio de los pueblos le pertenecen al pueblo y este le pertenece solo a su alcalde seleccionado por este quien administrará todo para todos, así los propios habitantes no serán robados ni explotados por la metrópolis oriental”. Esa rebelión no se quedó ahí, desembocó en varios enfrentamientos abiertos contra aquella ciudad, mientras ellos veían sus poblados destruidos su enemigo más se fortalecía. A esto le siguió una serie de asesinatos y desapariciones a cualquier revoltoso que gobernaba o intentará gobernar uno de esos poblados, incluso a personas que no lo eran y sólo simpatizaba con la causa.
Al final de la contienda la ciudad del este junto a algunos pueblos aledaños salieron mejor parados. La otra parte oriental y el sur cayeron bajo la influencia del oeste mientras que el norte siguió la revuelta pese a que a ninguno les importaba, sí tenían recursos naturales, pero “por razones geográficas y sociales” nadie quería intervenir en ellas. Todos los poblados revoltosos establecieron reglas arcaicas: control absoluto del pueblo por la alcaldía; todos los negocios tenían que pagarle alto tributo a ellos (excepto los grandes que les pertenecían a ellos); cualquier extranjero que venía no podía abrir una tienda y si lo hacía se la quitaban; se imprimió dinero devaluado; cualquier crítica al alcalde significaba un arresto, desaparición o algo peor y las elecciones municipales arregladas. Esas medidas hicieron que la ciudad del este se negara a establecer cualquier relación formal con ellos. Así fue como esos lugares pobres eran manejados por terratenientes. Sus habitantes no tenían mejor opción que huir a la ciudad del este. Otros sobrevivieron en la miseria o haciendo todo tipo de negocios “ilegales” porque pese a que sus leyes lo prohíben, los propios alcaldes eran los jefes. Sus habitantes fueron obligados a aprender que cualquier crimen o ridiculez de parte de las autoridades tenía como objetivo luchar contra la ciudad del este, o en el peor de los casos fue provocado por esta.
Mientras que los poblados, acorde a los del este, explotaron sus recursos y hacían negocios, ellos tenían que “regalarle” sus bienes comunes a la ciudad del oeste a cambio de protección ante su enemigo, se trataba de un símbolo de resistencia. Tampoco es que al este les iba tan bien, gran parte del dinero se lo quedaban algunas personas, no eran tan pobres, pero les molestaba la tremenda diferencia entre clases y esa fue una de las razones por las que las revueltas continuaron. Si hubo una mayoría que apoyaba a la ciudad del este por liberarlos de alcaldes abusivos, pero ellos eran tratados por parias en otros pueblos: traidores, arrastrados o personas con problemas mentales. Aquellos acusadores no tenían un pensamiento propio, porque era imposible imaginarse que ellos supieran cómo vivían como para sacar un juicio tan sesgado. Esas ideas fueron promovidas por gobiernos aún más sumisos frente al oeste. Algunos de esos pueblos basaban su economía en el dinero, comida y medicinas que mandaban sus ex habitantes desde la ciudad del este, pero como era de esperar sus alcaldes se la vendían a sus propios pueblerinos. Un giro inesperado de los acontecimientos haría que todo fuera diferente: la ciudad del oeste colapsó por una pequeña revuelta interna inesperada para todos y sus habitantes huyeron a los poblados vecinos.
El poblado del cénit fue el epicentro de sucesos, habían matado al alcalde revoltoso y aún así su población quería seguir con la revuelta. La ciudad del este no tuvo más opción que instalar a un intendente municipal revoltoso, este tenía ideas diferentes a los demás, razón por la cual se encargó de deshacerse de manera inútil de sus opositores. Con el paso del tiempo la situación económica mejoró un poco, sin embargo, él se volvió aún más abusivo contra sus adversarios y la ciudad del este no lo toleraba. En sus últimos días fue obligado a renunciar y poner a otro rebelde. Aquel poblado que tenía un futuro brillante se fue desgastando ante medidas arcaicas y luchas imaginarias contra la ciudad del este, pero como el nuevo líder era carismático, todo su pueblo lo quería. Así pasaron los años y la ciudad del oeste aprendió del este y se convirtió en una metrópolis sin dejar su completo control sobre sus habitantes. Con más poder al igual que su contraparte fue eligiendo los alcaldes de las demás villas. Además, se negaba a recibir a personas de los poblados revoltosos, pese a ser aliados, no importó, aquellos habitantes seguían admirándolos y odiando al este.
Ante el aumento de desgracias en los pueblos revoltosos, cientos de personas fueron a la ciudad del este. Así incrementó la población criminal, maleducada y que se creía con derecho a todo. Como el este permitía una completa libertad podías estar abiertamente en contra de ellos. Ya de por sí la degradación social había aparecido hacía unos años y la llegada de personas que se creían superiores hizo que el caos aumentara. Por eso, establecieron medidas muy estrictas para determinar quién podía entrar. Cada semana había un nuevo drama porque el este maltrataba a villeros; habían juicios, arrestos, huelgas y aun así seguía gente entrando sin autorización. La ciudad estaba más preocupada por los revoltosos y de nuevo inició una cacería de alcaldes en la que murieron cientos de personas. Las protestas dentro y fuera de su territorio no se hicieron esperar, aunque el oeste hacía lo mismo, en su punto de vista ellos eran peores porque sus reglas dictaban “cualquier enemigo del este eran sus aliados”, por eso aceptaban a los peores criminales como héroes. Pese a que el este les ponía restricciones igual tenían un pequeño comercio con ellos, incluso sus alcaldes guardaban sus fortunas en sus bancos.
El alcalde de Cenit vió como sus poblados vecinos eran víctimas de desgracias: el este ejecutó a munícipes por cultivo de mariguana, prostitución y tráfico de armas. Él podría ser el siguiente, así fue que un día en elecciones municipales, en las que todos saben sus resultados, eligió a su sucesor: uno de los pocos dueños de tiendas del pueblo. Este se ofreció a ser el mejor amigo del alcalde de la ciudad del este: iba a todas sus reuniones, permitía a su policía en el pueblo, hacían todo tipos de acuerdos y negocios e incluso llegó a entregarles a sus compañeros drogadictos. Los poblados cercanos al este siempre habían hecho lo mismo, sin embargo, el descaro y traición del intendente era para categorizarle como un canino. Nunca había visto a alguien tan sumiso, porque más de la mitad del poblado le pertenecía ya a la ciudad del este.
La ciudad del este se deterioró rápido debido a muchos factores: había gastado muchos recursos quitando y poniendo alcaldes, había poco dinero, eligieron a líderes ineptos e infantiles, residentes de los otros poblados hacían mal su trabajo, aumentó la criminalidad y el uso de las sustancias ilegales. Para agregar, el oeste convenció a un grupo de vagos para entrar a la ciudad y empezar una revuelta. Todos los alcaldes de los poblados revoltosos hicieron una reunión como la que siempre hacían y les recomendaron sacar todo su dinero de la ciudad, porque iba a caer. Su plan se concretó y el pánico bancario se extendió por toda la ciudad quebrando todos los bancos. Así se detonó la bomba de tiempo más esperada por todos: la caída de la ciudad del este en una gran revuelta, se arrasaron negocios, cultivos, instituciones y las fuerzas del orden. Casi todos sus habitantes huyeron hacia los pequeños pueblos, mientras que una gran inmigración masiva se dirigió a la ciudad del oeste. Todas las villas celebraron la destrucción de la malévola ciudad que los había controlado por décadas. Los alcaldes con fondos públicos organizaron grandes fiestas para el pueblo varios días. El fin de la ciudad representaba gran la perdida de gran parte de la economía de todos, inclusive de los pueblos que apenas tenían comercio con ellos, perdieron el 5% de sus ingresos de la noche a la mañana y ni hablar del dinero gastado en la celebración, esto provocó una crisis nunca antes vista. Los pobladores huyeron a la ciudad del oeste, la cual como siempre se negaba a aceptar a muchas personas. Cuando se percataron de que esa gente podría hacer lo mismo que le hicieron al este sacaron a sus fuerzas policiales a matar a cualquier extranjero incluso ya residente. Los miles o millones de muertos de las siguientes semanas “jamás sucedió”, ahí no hubo juicios, menos arrestos y protestas, así siempre habían sido ellos. Pocas personas lograron huir de la masacre y corrieron al norte con la esperanza de construir allí la ciudad que debieron hacer en un principio y no ser dependientes de metrópolis que velaban por sí mismas.
Ahora el oeste dictaba las reglas y volvieron los cambios violentos de alcaldes que cobraron incontables vidas. Los revoltosos eran delatados por sus propios compañeros, no eran traidores porque desde un inicio le juraron lealtad a sus aliados del oeste. Al parecer las revueltas solo existían porque las ciudades lo permitían. El alcalde del Cenit hizo lo esperable ser el mejor socio de la ciudad del oeste e hizo todo lo que hizo antes con la otra capital. Ya las cosas habían cambiado y a la vista de los habitantes cualquier trato con el oeste era ser un entreguista. Ellos acabaron de despertar, si el oeste ahora era el nuevo mal en la Tierra sus alcaldes no podían ser comparados ni con el más decente de los animales. Sus enemigos crecían: regresaron habitantes exiliados al pueblo más inmigrantes de los poblados aledaños. De este modo estalló una fuerte revuelta en contra del desdichado gobernante, él hizo todo lo posible para calmarla. Sin embargo, no podía usar sus viejos métodos: había poco dinero para sobornar, ya los cargos en la alcaldía estaban ocupados y no podía pedir ayuda al oeste para demostrar ser un líder recto que merecía estar para siempre en el poder. Solo le quedó el método más simple: sacó a la policía a la calle a matar a los revoltosos. En los primeros días se acabaron las balas, luego siguieron las armas blancas y se agotaron los utensilios de cocina, así pasaron a usar objetos contundentes. La situación sólo era sostenible en la mente del alcalde y su séquito.
El jefe de policía angustiado una tarde organizó a sus agentes para hacer “la noche de palos”. Desde el atardecer hasta el amanecer apalearon hasta la muerte al Alcalde junto a sus familiares, amigos, socios y miembros de la Alcaldía. Cuando el sol salió por la radio el comisario anunció la eliminación del alcalde por ser un “revoltoso” y él administraría la alcaldía mientras tanto. A las pocas horas la ciudad del oeste lo reconoció como el alcalde legítimo. La gran mayoría del pueblo celebró la muerte “del perro del oeste”, otros la lamentaron y una gran mayoría nunca creyó que el exalcalde todo ese tiempo había sido un “revoltoso”.
Autor: El segundo ARA
No hay comentarios.:
Publicar un comentario