Bitácora
Los ojos de mi padre son el rojo de las seis implorándome ser hombre. El fango de la calle se traga mis pies hasta los tobillos. No recuerdo cuando empezamos a caminar a La Esperanza. «Sé hombre», me dice, al tiempo que la calle muerde mi pie izquierdo quedándose con mi zapato. «¡Sé hombre!», y gira la cabeza como un óvalo mecánico ajustado al cuerpo. En ocasiones olvido cómo era exactamente mi padre, hay días en los que lo recuerdo derrotado, demacrado, como una noche cargada de piedra, sin fuerzas para vivir… pero fue mi padre, y siempre tendrá los mismos ojos. Lo repaso como si ahora estuviera caminando tras él. El barro también es rojo, un rojo sofocante. Mi padre pensaba los pasos sobre la arcilla que parecía abrazarlo, tragárselo, pero era demasiado hombre para sucumbir. Yo quería ser la misma cantidad de hombre que él, y caminar sin pensar en el lodo pesado, que nos perseguía en masa, queriendo escalar en busca de los ojos de mi padre.
Cuando mi madre vino a La Esperanza, mi padre ahorró sus palabras como si esperara el momento justo para desahogarse. Solo hablábamos lo necesario, lo demás lo entendía con la mirada. Era como si la persona que en algún momento conocí se gastara con el tiempo, apagándose con cada esfuerzo. Muchas veces sentí que era mi culpa, que yo era quien estaba destruyéndolo, pero no sabía qué hacer, aun no entendía cómo funcionaba un hombre, aunque estuviera tan cerca de serlo. Tiempo después supe que todo era culpa de mi madre. —Abre la puerta Manuel. — dice, mientras mira al final de la calle. La bisagra gruñe en descenso mientras se deja llevar por el viento de la lluvia. — Esta vaina envuelve Manuel, te atrapa. Nunca intentes ir al final de la esperanza, Manuel. — Tres pasos y busco las cosas a tientas, no es que quiera encontrar algo, pero la oscuridad es tan fuerte que se siente próxima y palpable. —Mamá no está aquí. Le digo a mi padre mientras continúo buscando donde sujetarme. De haber estado ahí, su olor a mentol ya nos habría recibido. Tolero un poco de mentol en los pies. No sé cuánto más podré caminar, y más ahora que he perdido mi zapato izquierdo.
Un golpe de sol entra por la ventana. Sus tentáculos tropiezan hasta caer sobre mi padre. Sigue inmutable. Desde la ventana puedo ver hileras de casas de maderas, pintadas de verde y amarillo, desgastadas, corroídas por los insectos y el tiempo, nunca habitadas, solas como los pensamientos de mi padre. La briza levanta el polvo de La Esperanza: empuja a un anciano: va taconeando su único zapato, su otro pie descalzo deja la huella de un animal que repta sobre el polvo rojizo. No mira a los lados como si ya tuviera grabada la melancolía del lugar y no tiene que usar los ojos para nada más. Lleva prisa. Todo está reseco, parece que nunca llovió. Si no fuera porque recuerdo la noche de ayer diría que nunca llovió. Todas las casas son iguales y están muertas. Al frente nuestro hay una casa, que más bien parece un espejo de la nuestra. En la ventana hay un hombre que se rasca el ojo derecho y se ríe, o llora. Se rasca con dos de sus dedos largos y flacos. Empieza a lagrimear y para, se mueve de la ventana y no aparece más. Eso creía, que no aparecería más. Lo hace todas las mañanas. Digo todas las mañanas como si llevara años aquí. Hace veinte años llegué a este lugar, lo recuerdo como si fuera ayer: entramos a la casa vacía, oscura y fría. Improvisamos una cama con la ropa de mi padre, y vi cómo se acostó y me dio la espalda. Yo me quedé sentado mirando su espalda. Mi padre está al final de la calle. Se fue. No hoy. Ayer. Se fue en busca de mi madre. No sé cuánto tiempo llevo sentado solo. No vendrán. Hay días en los que el viento del final de la calle huele a muertos antiguos.
El sol empezó a caer otra vez y mi padre no se levantó en todo el día, estoy agotado de ver al vecino frotarse el ojo. Las casas son todas iguales. ¿Ya había dicho que las casas son amarillo y verde como la esperanza? —Es hora de ser hombre. — dice mi padre de espalda. Puse mi cara ruda y entrecerré los ojos. — Es hora de ser hombre, Manuel. — repite por segunda vez. Ahora más que un mandato lo implora. Se pone de pie y me sujeta la sien como si quisiera pasarme sus ojos rojos. Su dedo pulgar me recorre la frente en círculo y desciende hasta llegarme a la niña; su pulgares maderamen de ponzoñas. Yo no parpadeé o grité. Nunca quité mi cara ruda mientras introducía su dedo pulgar con toda la presión del mundo sobre mi cuenca del ojo derecho. Me fui acostar cuando escuché el sonido de gotera que hizo mi ojo. Mi padre me pasó su ojo rojo. Marché a la cama taconeando el único zapato que llevaba; no sin antes ver a mi padre acostarse y darme la espalda otra vez. Esa noche mi padre se fue al final de la calle. Se fue dejándome el rojo, lo único que aún recuerdo de él. El sol me despertó más temprano de lo común. El vecino está en la ventana con sus dedos negros y largos. Se frotó el ojo con furia hasta lanzar un hilito de lágrima a la calle. Se frotó la cuenca con tanta furia, que se transformó en una sonrisa vertical, lo recuerdo; salió a la calle, miró la humedad de sus lágrimas, sonrió y se fue al final de la calle.
Cuando decidí caminar al final de La Esperanza el sol aún se ocultaba. Tres pasos. Miré al final de la calle. La Esperanza no tiene fondo.
Me quedé solo en La Esperanza. Aquí nadie viene. El sol se oculta. Sale el sol: siempre es el mismo día. Nunca dije si había árboles en La Esperanza; en realidad, no recuerdo. Siento que llegué en la noche. Quizás fue ayer que empecé a caminar hasta el final. No sé por qué camino, pero ayer llovía, lo recuerdo como si fuera ayer. Pero mi ojo no ardía. Voy tras mi padre al final de la calle.

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