Estaba rodeado de silencio.
El árbol florecido quería escuchar,
otra vez, el bullicio de los pájaros.
Ahora... solo escuchaba el silencio.
No habían aves. No habían niños correteando a su alrededor.
¿ Dónde habían ido todos?
Solo el silencio era la respuesta.
¡Qué pesado es estar en un parque donde no hay niños!
Creyó sentir posarse un pajarillo en una de sus delgadas ramas. Nada.
Solamente fue el leve movimiento del viento.
Sus hermosas flores rojas se estaban marchitando.
¡Qué pena!
Es muy doloroso ver caer las flores
sin que nadie las haya disfrutado:
las aves: su néctar, las abejas: el polen;
los niños: sus corolas para sus juegos...
¿ Dónde están las aves?
Tal vez emigraron a los pocos campos que aún quedan.
Quizás vivan en las montañas que todavía no han sido deforestadas.
Las abejas... ¡mejor ni pensar en eso!
Los niños... los niños están encerrados en sus cuartos.
Los artilugios tecnológicos los alejaron del parque, de las flores, de los animales...
de la vida.
El árbol florido quedó ahí esperando.
Si un niño viene a cobijarse bajo su sombra...
Será feliz.
Si un pajarito viene y anida...
valdrá la pena haber vivido.
Pero, no. Si un ser humano lo respeta y no lo corta...
¡Habrá ganado!
Autora: La primera ARA

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