martes, 27 de enero de 2026

El reverso de la mirada

 

ojo

El reverso de la mirada


Y se levantó nerviosa. Sentía que era observada, pero no sabía por quién ni de dónde. Estaba sola en la sala de un pequeño apartamento. La Seguridad nacional del País (el Ministerio Antidrogas, Antiprotesta, Antiruido, Anticrimen organizado, Antiespías y un larguísimo etcétera) nunca la habían molestado, ni siquiera, segura de que ellos supieron de su existencia.

¿Quienes más podían espiarla? -Se preguntó.

Sin embargo, algo le oprimía el pecho, una sensación casi eléctrica, como si el aire mismo la vigilara. Miró por la ventana. Afuera, la noche se extendía con un silencio demasiado perfecto, artificial, como si alguien la hubiera programado. Las luces del edificio de enfrente parpadeaban.

—No puede ser… —susurró.

Fue entonces cuando notó el leve zumbido. No venía del refrigerador ni del viejo ventilador del techo. Era un sonido agudo, intermitente, casi imperceptible, que parecía moverse entre las paredes. Caminó descalza hasta el pasillo, donde la oscuridad parecía más densa.

Su reflejo en el espejo de la entrada le devolvió una mirada que no reconoció. Por un segundo, creyó que su reflejo había parpadeado después que ella. Dio un paso atrás. El zumbido cesó. El silencio la golpeó como un grito ahogado. Entonces lo comprendió: no la observaban desde fuera.


Había algo —o alguien— adentro, en la red invisible que todo lo sabía, el rumor constante de los datos, las cámaras, los sensores, los programas que aprendían de cada movimiento. La Seguridad Nacional podía no saber que existía. Pero la red sí, y aquella noche, había decidido mirarla. El zumbido volvió, esta vez más suave, como un murmullo que le acariciaba los oídos desde adentro de la cabeza. Sintió el impulso de hablar, de responderle, aunque no sabía a qué.

—¿Quién está ahí? —preguntó, con voz más curiosa que asustada.

Nadie contestó. Pero una mota de polvo, suspendida en el aire frente a ella, comenzó a brillar con una luz tenue, rosada, pulsante, como un diminuto corazón. Al parpadear, la habitación ya no era la misma. Las paredes del apartamento se habían estirado hacia arriba como columnas líquidas, respirando lentamente. El reloj del comedor giraba en sentido contrario, y el sonido del segundero era ahora un tic-tac húmedo, parecido al goteo de una llave mal cerrada.

Caminó hacia la cocina, pero el pasillo se alargaba, se curvaba sobre sí mismo, y cuando creyó haber llegado… estaba otra vez en la sala. El espejo de la entrada la esperaba.
Y en el reflejo, su cuerpo tenía algo distinto: las pupilas eran dos diminutos globos de luz, igual que aquella mota flotante.

—¿Eres tú la que mira? —preguntó su reflejo.

Ella quiso retroceder, pero sus pies ya no respondían. La imagen en el espejo avanzó primero, atravesando el cristal como si este fuera una cortina de agua. Entonces comprendió que no estaba siendo observada… Era ella misma quien había estado observando desde el otro lado todo el tiempo. El zumbido se transformó en una melodía antigua, una canción que conocía sin recordar de dónde. Cuando la voz comenzó a cantarla, ya no quedaba nadie en el apartamento, solo el espejo, respirando.
 
 

Autora: Hari S.

 

martes, 30 de diciembre de 2025

La perrita “Perrín”

 


La perrita “Perrín”



Apareció un día cualquiera en el barrio. Era tan flaca que la alambrada del solar baldío tenía más grosor que ella; flaca, pequeña y temerosa; siempre huía de todos, quizás pensando que la golpearían… Tal vez las experiencias vividas en sus pocos meses de vida no eran muy gratas.

Andaba siempre en la zona, quizás por eso algunos de los vecinos la botaban, gritaban o asustaban; solo los que les gustan los animales, se dignaba a lanzarle algún hueso o sobras de las comidas, mas no podían tenerla en la casa, algunos porque ya tenían perros, otros por sus gatos y algunos por temor a las garrapatas o pulgas que ella, por su condición de animal abandonado, podía tener. En fin, no se sabe a ciencia cierta quién fue la primera persona que le echó algo de comida en un plato improvisado… Más tarde alguien la adoptó, pero solo para darle cobijo, no para quitarle su libertad o libre albedrío, solo la dejaron ser, así los nietos de los dueños de la casa, jugaban con ella o la correteaban.

Con el paso de los meses y la comida de algunos vecinos, la perrita creció, engordó y el mapa de costillas que había en su cuerpo fue desapareciendo. Ella se aproximó a la edad reproductiva y entonces sí, algunos vecinos la echaban y por eso en ocasiones no tenía qué comer.

Al final de unos meses ya con la panza crecida recibía algunas sobras de los vecinos que siempre la acogieron. Otros no podían ni verla, no porque no le gustaran los animales, no, solo porque para ellos los animales dignos de atención y de un hogar eran los que tenían cierto “abolengo”, raza, etc. y olvidaban que muchos compran esos animales caros y después que estos envejecen o enferman los echan a la calle, y algunos se preguntan si de verdad a ese tipo de personas les gustan los animales, porque parece que lo único que les importa es que vean el espécimen que tienen, no importa si es un ave o un mamífero, pero que vean lo costoso que son.

Cuando la perra dio a luz, todos se asombraron, nació un solo perrito. En una caja de forma improvisada, los niños la colocaron y veían el crecimiento del perrito. La perrita casi ni se apartaba de su cría y volvió a enflaquecer. Un día, cuando ya el perrito correteaba detrás de ella ocurrió el accidente. El dueño de la casa salió de prisa porque su padre sufrió un desmayo y por las prisas, al encender el motor, sin querer arrolló al perrito, quien quedó muerto al instante. La perrita gritó como si de ella se tratara, en todo el día estuvo gimiendo por todo el barrio y a penas si probó bocado, se le veía la tristeza… creo que nunca los vecinos habían visto a un animal sufrir tanto por la muerte de un hijo.

A pesar de ser un episodio traumático, doloroso y muy triste, algunos de los vecinos, no pudieron callar e hicieron la comparación de la actitud de Perrín con la de otras “madres” contemporáneas. Alguien mencionó a las que dejó encerrado a sus niños y perecieron porque la vela que dejó encendida, al derretirse quemó todo y el fuego se extendió matando y destruyendo todo a su paso. Eso fue un accidente, dijo alguien. Otro en cambio habló de la que dejó al bebé recién nacido en un basurero, otra que lo mató y lo echó en una letrina; no faltó quien dijera de los bebés abandonados en carros y apartamentos, otros de los niños menores de siete años muertos a golpes… Ya cansados de hacer comparaciones, los vecinos llegaron a una conclusión: hay madres perras y hay madres perrín, una de esta última, duró semanas llorando a su perrito muerto.

Después, otra vez en estado de preñez, algunos vecinos le daban algo de comer. Luego estuvo desaparecida por dos días, estaba parida de cinco hermosos perritos. Seguía su rutina de buscar comida, algunos vecinos le echaban sobras, en otros lugares la asustaban con palos para que se alejara… seguía su búsqueda de comida, como todos los perros sin dueños.

Un domingo, a la salida de la gente de la iglesia, un motorista evitando a las personas, (según algunos testigos) chocó a la perrín, matándola en el acto. Dejó cinco perritos que por lo menos ya comían y andaban por el barrio.


IN MEMORIAM:


Perrín, sentí mucho tu muerte… me dolió ver que pasaron tres días sin que vinieras a la puerta de mi casa, me ladrara, si no me veía o me moviera la cola y lamía mi mano, como muestra de agradecimiento. Fuiste la perrita más inteligente que he conocido en toda mi vida, y he tenido muchos animales como mascotas, nadie como tú.

Todavía creo verte frente a la puerta; oír tus ladridos para los chicos raros que pasan por la calle… si hay un cielo para los animales, espero que estés allá, sin hambre, sin maltrato ni humillaciones… gracias por haber sido una “mascota libre” para mí, sin cadenas, ataduras ni malos tratos… solo un animalito indefenso que quería cariño y sobras de comida…

 

 

Autora: La primera ARA

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