El último tesoro
Se agachó, mientras revisaba los alrededores. Nadie a la vista. Continuó con ojos desorbitados mirando a todos lados. Temía ser descubierto. Aunque no había más que un tenebroso silencio, no se sentía seguro.
No se había equivocado de camino, y a pesar de la tenue luz del sol le indicaba que el ocaso finalizaba, sabría llegar en la oscuridad. En su mente había recorrido ese camino ciento de veces. No podía perderse. Tenía que llegar a su tesoro.
Sus ancestros le habían hablado de él a su abuelo y este se lo había relatado muchísimas veces; siempre el mismo cuento: cómo era todo antes de… Un leve ruido, lo puso en alerta y se apresuró a esconderse. Cayó de rodillas y sintió un leve dolor. No estaba seguro, pero temía haberse herido con algo. Acallo un gemido y controló sus ansias de ver su sangrante rodilla.
Respiró con dificultad, intentando sofocar el temblor de su cuerpo. El ruido no se repitió. Solo el murmullo del viento entre los árboles, arrastrando hojas secas que parecían susurrar su nombre. Se incorporó lentamente, apoyando una mano en el suelo húmedo. Sus dedos rozaron algo frío, metálico.
El corazón le dio un vuelco. Apartó la tierra con desesperación, cada puñado revelando un fragmento más del objeto. No era grande, pero tenía el peso de lo antiguo, de lo prohibido. Cuando al fin lo sostuvo entre las manos, el resplandor opaco del atardecer iluminó los grabados en su superficie. Símbolos que había visto en los viejos cuadernos de su abuelo, los mismos que decían proteger el último tesoro.
Un escalofrío le recorrió la espalda. No era oro. No eran joyas. Era algo distinto. Un relicario, quizá… o una caja cerrada con un sello imposible de romper sin conocer las palabras adecuadas. Entonces volvió a escuchar el ruido. Más cerca esta vez. Pasos. Sintió el peso de las generaciones sobre sus hombros, el miedo y la promesa entrelazados. No había vuelta atrás. Se llevó el objeto al pecho y corrió, hundiéndose en la espesura. A sus espaldas, una voz lo llamó por su nombre. Una voz que no debía estar viva.
La voz lo atravesó como un cuchillo helado. Se detuvo en seco. Su respiración se mezcló con el silbido del viento, y por un instante creyó que su mente le jugaba una mala pasada.
—No corras, hijo mío… —susurró la voz, ronca, gastada, pero inconfundible.
El corazón le martilló el pecho. Esa voz la conocía. No podía ser. No después de tantos años.
Giró lentamente, con el relicario aún apretado entre las manos. A pocos pasos, entre las sombras, una figura emergió del bosque. Alta, delgada, vestida con un abrigo que parecía demasiado antiguo, demasiado pesado para el clima templado. La luz moribunda del ocaso iluminó un rostro que había visto por última vez sobre una lápida.
—Abuelo… —murmuró, con la garganta seca.
El anciano sonrió. Pero no era una sonrisa cálida. Era una mueca tensa, forzada, como si cada músculo recordara un gesto que ya no pertenecía a un cuerpo vivo.
—Te dije que el tesoro no debía ser encontrado —dijo, acercándose lentamente—. Lo que guardamos no era riqueza… era un juramento. Y tú lo has roto.
Retrocedió, tropezando con una raíz. El relicario pareció arderle en las manos, vibrando como si algo dentro quisiera salir.
—No lo entiendes —balbuceó—. Lo hice por ti… por lo que prometiste.
El anciano inclinó la cabeza, los ojos brillando con una tristeza inhumana.
—Yo no soy el que hizo la promesa. —Su voz cambió, más profunda, resonando en la tierra—. Soy aquello a lo que se la hicieron.
El bosque se enmudeció. Las sombras se alargaron como si lo envolvieran, y el aire se volvió denso, inmóvil.
El último tesoro comenzó a abrirse por sí solo.
La figura del abuelo se fue difuminando hasta desaparecer por completo. En su mente empezaron a surgir ideas desconocidas y mientras más se abría el tesoro, más poder y claridad había en su alma. Sí. Sus raíces, su pueblo… que antes fue humillado, casi aniquilado, volvía a resucitar sus valores, su cultura, su etnia…ese era el tesoro.
Autora: Hari S.