Lengüeas oh, sentidos
El mar se recoge y la masa de agua se convierte en una muralla azul. La cresta de la ola es espumosa y tapa un tercio de la redondez del sol. No hay nubes; solo está la muralla azul, el pedazo restante de sol y el firmamento que también es azul, pero más claro. Marina busca el nadador por todos lados hasta percibir su silueta. Parece un puntico negro descendiendo verticalmente perfecto desde la cresta de la muralla. Nataguea cabeza abajo, y más que un nadador, parece un paracaidista momento antes de abrir el paracaídas. El nadador bracea fuerte contra la corriente que lo empuja hacia la cresta. El nadador llega a la falda de la ola y lanza su primera braceada satisfactoria. Su mano izquierda topeta el fondo y siente que algún animal marino le pica el dedo índice. El nadador se pone de pie sobre la superficie húmeda que anteriormente era fondo marino. Se mira el dedo; tiene una jeringa oxidada de 3cc clavada entre la carne y la uña. El nadador siente el escalofrió que le recorre el cuerpo y se apresura a sacar la jeringa y mamarse el dedo: dentro de su boca la yema del índice se engorda y se hace morado para luego de tres succiones lanzar un escupitajo de sangre que es fielmente limpiado por su lengua. Se propone caminar hasta la orilla, aunque no le gusta caminar. Cuando lanza su primer paso, su pie derecho descansa sobre un abrecartas que ha estado todo este tiempo erecto en el fondo marino. El abrecartas entró con silencio de mantequilla desde la planta del pie hasta salir por el otro lado. El nadador se sienta y se saca el abre carta del pie. Decide fijarse bien donde pisa antes de continuar caminando: Una bacinilla de metal, un tanque de gas, la cuarta parte de un poste de luz, el chasis de un Toyota del 98, una yanta de bicicleta, un tinaco, cuatro potes de mantequilla de maní amarrados y llenos de piedra, varios huesos humanos, un cigarrillo a la mitad y aun humeante, centenares de pañales apelotados número tres, la tapa frontal de un abanico universal, una televisión a blanco y negro, la mitad de un ajedrez, un piano Yamaha, cientos de celulares, decenas de bloques envueltos en sogas y alambre dulce, una rata buscando cangrejitos, cangrejitos escondidos en latas de habichuelas vacías, un zapato izquierdo, perchas de madera, cascos de botella de cervezas perimetrando la llegada de un pie plano, una mesa roja de escritorio, una caja de inversor, un maniquí femenino sin piernas ni brazos, un cono de tránsito, una plancha de zinc, cuatro tallos frescos de fresa, entre otras cosas. El nadador toma los tallos de fresa y se los come para quitarse el sabor a hierro de la boca. Camina hasta el cigarrillo más humeante y le da tres caladas rápidas para volverlo a la vida. Cuando termina, vuelve a sentarse, porque sabe que no llegará en una pieza a la orilla.
El novio de Marina regresa con un tarro de helado de tres sabores: dulce de leche, chocolate y ron pasa, en ese mismo orden. Marina le tritura las fresas que quedan al tarro con el helado y se dispone a disfrutarlo. El helado se cae al suelo y el poeta vuelve a mirar el mar. Los perros se acercan a ellos como si lo conocieran de toda la vida y lamen el helado. Entre los perros, hay uno marrón con negro que le encanta el chocolate, es el único que se esmera en lamer el chocolate que empieza a derretirse y parece querer escapar del suelo caliente y mezclarse con el mar. Cuando ya solo queda la mancha en el suelo y las fresas trituradas, los perros se marchan moviendo las colas y felices. Menos el perro marrón que empieza a vomitar en la orilla del mar. Marina trata de hacer sentir mejor al perro y saca sus galletas Gina y se la da a comer: las galletas crepitan en la boca del perro, y el queso ya semilíquido se le escure por la comisura del hocico. El perro marrón saca su legua, se lame la periferia y se va contento. Marina ya no ve al nadador. Pide a su novio que la lleve a su casa, que la tarde está muy caliente. Se ponen de pie, el poeta tira los desperdicios plásticos al agua, y salen caminado y mirando todo rumbo a la casa del poeta. El nadador llega a la orilla; está cansado y mal herido. Se sienta en el banco donde estaba sentada Marina y su novio. Mientras se queja de las heridas, recoge los pedacitos de fresas del suelo y los come.
